13.09.18

Aleluya IV (Respuestas XV)

   Aleluya es el cántico nuevo del hombre nuevo, del hombre redimido:

    “Es conveniente que tributemos a nuestro creador cuantas alabanzas podamos. Cuando alabamos al Señor, queridísimos hermanos, algún beneficio obtenemos mientras estamos en tensión hacia su amor. Hemos cantado el Aleluya. Aleluya es el cántico nuevo. Lo he cantado yo; lo habéis cantado también vosotros, los recién bautizados, los que acabáis de ser renovados por él” (S. Agustín, Serm. 255 A).

    Se canta, según la tradición, en Pascua, como atestigua san Agustín:

   “…El tiempo de aquel gozo que nadie nos arrebatará; su realidad aún no la poseemos en esta vida; pero, no obstante, una vez pasada la solemnidad de la pasión del Señor, la celebramos a partir del día de su resurrección durante otros cincuenta, en los que interrumpimos el ayuno y hace acto de presencia el Aleluya en las alabanzas al Señor” (Serm. 210,8).

   “Estos días que siguen a la pasión de nuestro Señor, y en los que cantamos el Aleluya a Dios, son para nosotros días de fiesta y alegría, y se prolongan hasta Pentecostés” (Serm. 228,1).

    Se canta en Pascua, y se hace con gran alegría después de haber estado mudo tanto tiempo. El Aleluya es el gozo de la Pascua y el deleite del alma. Con genial estilo, con recursos oratorios, exclama san Agustín:

    “Ved qué alegría, hermanos míos; alegría por vuestra asistencia, alegría de cantar salmos e himnos, alegría de recordar la pasión y resurrección de Cristo, alegría de esperar la vida futura. Si el simple esperarla nos causa tanta alegría, ¿qué será el poseerla? Cuando estos días escuchamos el Aleluya, ¡cómo se transforma el espíritu! ¿No es como si gustáramos un algo de aquella ciudad celestial?” (Serm. 229B,2).

   El Aleluya, para la Iglesia de san Agustín, está vinculado a la Pascua y sólo a la Pascua, no al resto del año litúrgico. Se canta con más gozo aún, si cabe y se anticipa el Aleluya eterno del cielo, del feliz descanso:

   “Cuando estos días escuchamos el Aleluya, ¡cómo se transforma el espíritu!… Henos, pues, proclamando el Aleluya; es cosa buena y alegre, llena de gozo, de placer y de suavidad. Con todo, si estuviéramos diciéndolo siempre, nos cansaríamos; pero como va asociado a cierta época del año, ¡con qué placer llega, con qué ansia de que vuelva se va!” (Serm. 229B,2).

     “No sin motivo, hermanos míos, conserva la Iglesia la tradición antigua de cantar el Aleluya durante estos cincuenta días” (Serm. 252,9).

   “El tiempo de tristeza –no otra cosa significan los días de cuaresma- es un símbolo y una realidad; en cambio, el tiempo del gozo, del descanso y del reino, del que son expresión estos días, lo hallamos simbolizado en el Aleluya, pero aún no poseemos esas alabanzas, aunque suspires ahora por el Aleluya. ¿Qué significa el Aleluya? Alabad al Señor. Por eso en estos días posteriores a la resurrección se repiten en la Iglesia las alabanzas de Dios: porque después de nuestra resurrección también será perpetua nuestra alabanza” (Serm. 254,5).

   ¡Digamos el Aleluya! Alabemos a Dios con el Aleluya, cantémoslo con afecto, acompañándolo con la santidad de vida y obras buenas:

   “Alabemos, pues, amadísimos, al Señor que está en los cielos. Alabemos a Dios. Digamos el Aleluya. Hagamos de estos días un símbolo del día sin fin. Hagamos del lugar de lo mortal un símbolo del tiempo de la inmortalidad… Alabémoslo, alabémoslo; pero no sólo con la voz; alabémoslo también con las costumbres. Alábelo la lengua, alábelo la vida; no vaya en desacuerdo la lengua con la vida, antes bien tengan un amor infinito” (Serm. 254,8).

   “Aferrados a esto, apoyados, fortalecidos y clavados en esta fe mediante un amor inquebrantable, alabemos como niños al Señor y cantemos el Aleluya. Pero ¿en una sola parte? ¿Desde dónde? ¿Hasta dónde? Desde la salida del sol hasta el ocaso, alabad el nombre del Señor” (Serm. 265,12).

“Ahora, pues, hermanos, os exhortamos a la alabanza de Dios; y esta alabanza es la que nos expresamos mutuamente cuando decimos: Aleluya. “Alabad al Señor”, nos decimos unos a otros; y así, todos hacen aquello a lo que se exhortan mutuamente. Pero procurad alabarlo con toda vuestra persona, esto es, no sólo vuestra lengua y vuestra voz deben alabar a Dios, sino también vuestro interior, vuestra vida, vuestras acciones.

En efecto, lo alabamos ahora, cuando nos reunimos en la iglesia; y, cuando volvemos a casa, parece que cesamos de alabarlo. Pero, si no cesamos en nuestra buena conducta, alabaremos continuamente a Dios. Dejas de alabar a Dios cuando te apartas de la justicia y de lo que a él le place. Si nunca te desvías del buen camino, aunque calle tu lengua, habla tu conducta; y los oídos de Dios atienden a tu corazón. Pues, del mismo modo que nuestros oídos escuchan nuestra voz, así los oídos de Dios escuchan nuestros pensamientos” (En. in Ps. 148,2).

  El Aleluya es, hoy, para nosotros, un cántico de peregrinos, que saben que en esta vida van de paso hacia la patria verdadera y sueñan con la Ciudad de Dios cantando ya aquí el Aleluya que allí nunca enmudece:

   “También en este tiempo de nuestra peregrinación cantamos el Aleluya como viático para nuestro solaz; el Aleluya es ahora para nosotros cántico de viajeros. Nos dirigimos por un camino fatigoso a la patria tranquila, donde, depuestas todas nuestras ocupaciones, no nos quedará más que el Aleluya” (Serm. 255,1).

  La llegada del Aleluya en pascua es esperada, y mucho, por todo el pueblo cristiano. Se notaba su ausencia, se anhela poder entonarlo:

  “Cuando estos días escuchamos el Aleluya, ¡cómo se transforma el espíritu!… ¡Con qué placer llega, con qué ansia de que vuelva se va!” (Serm. 229B, 2).

   “¡Cómo hemos deseado estos días, que han de volver dentro del año, cuando acaban de irse! ¡Con cuánta aridez volvemos a ellos pasado el espacio de tiempo establecido!” (Serm. 243,8).

   El Aleluya en los 50 días de Pascua simboliza el gozo, descanso y felicidad de la vida bienaventurada; la cuaresma es el símbolo de la vida terrena, llena de privaciones, dolores, ayunos:

    “Los cuarenta días anteriores a la Pascua simbolizan este tiempo de nuestra miseria y nuestros gemidos, si hay quien ponga tal esperanza en sus gemidos; el tiempo, en cambio, de la alegría que tendrá lugar después, del descanso, de la felicidad, de la vida eterna y del reino sin fin que aún no ha legado, está simbolizado en estos cincuenta días en que cantamos las alabanzas de Dios. Dos tiempos tenemos con valor simbólico: uno anterior a la resurrección del Señor y otro posterior; uno en el que nos hallamos y otro en el que esperamos estar en el futuro. El tiempo de tristeza –no otra cosa significan los días de cuaresma- es un símbolo y una realidad; en cambio, el tiempo del gozo, del descanso y del reino, del que son expresión estos días, lo hallamos simbolizado en el Aleluya, pero aún no poseemos esas alabanzas, aunque suspires ahora por el Aleluya” (Serm. 254,5).

 “Por razón de estos dos tiempos –uno, el presente, que se desarrolla en medio de las pruebas y tribulaciones de esta vida, y el otro, el futuro, en el que gozaremos de la seguridad y alegría perpetuas-, se ha instituido la celebración de un doble tiempo, el de antes y el de después de Pascua. El que precede a la Pascua significa las tribulaciones que en esta vida pasamos; el que celebramos ahora, después de Pascua, significa la felicidad que luego poseeremos. Por tanto, antes de Pascua celebramos lo mismo que ahora vivimos; después de Pascua celebramos y significamos lo que aún no poseemos. Por esto, en aquel primer tiempo nos ejercitamos en ayunos y oraciones; en el segundo, el que ahora celebramos, descansamos de los ayunos y los empleamos todo en la alabanza. Esto significa el Aleluya que cantamos.

 En aquel que es nuestra cabeza, hallamos figurado y demostrado este doble tiempo. La pasión del Señor nos muestra la penuria de la vida presente, en la que tenemos que padecer la fatiga y la tribulación, y finalmente la muerte; en cambio, la resurrección y glorificación del Señor es una muestra de la vida que se nos dará” (En. in Ps. 148,1-2).

   Como buen predicador y catequista, como excelente mistagogo, san Agustín explicará en incontables ocasiones qué significa la palabra “Aleluya” para luego elevarse a su consideración y contenido espiritual. ¿Qué es “Aleluya”?

    “Toda nuestra ocupación entonces no será sino alabar a Dios, como lo significa el Aleluya que cantamos estos cincuenta días. Aleluya es alabanza de Dios” (Serm. 125,9).

    “La alabanza no es otra cosa que el Aleluya. ¿Qué significa el Aleluya? Aleluya es una palabra hebrea que significa “Alabad a Dios”. “Alelu”: alabad; “Ya”: a Dios. Con el Aleluya, pues, entonamos una alabanza a Dios y mutuamente nos incitamos a alabarlo. Proclamamos las alabanzas a Dios, cantamos el Aleluya con los corazones concordes mejor que con las cuerdas de la cítara” (Serm. 243,8).

  “¿Qué significa el Aleluya? Alabad al Señor” (Serm. 254,5).

    “Sabéis que Aleluya se traduce en latín por “Alabad a Dios”. De esta forma, cantando lo mismo y con idénticos sentimientos, nos animamos recíprocamente a alabar al Señor” (Serm. 255,1).

     “¿Qué es entonces el Aleluya, hermanos míos? Ya os lo he dicho: es la alabanza de Dios. Ahora escucháis una palabra, y el escucharla os deleita, y, envueltos en el deleite, alabáis” (Serm. 255,5).

    “…el Aleluya, que traducido a nuestra lengua, significa “Alabad al Señor”. Alabemos al Señor, hermanos, con la vida y con la lengua, de corazón y de boca, con la voz y con las costumbres” (Serm. 256,1).

    “Lo que en hebreo suena “Aleluya”, significa, en nuestra lengua, “Alabad a Dios”. Alabemos, pues, al Señor nuestro Dios no sólo con la voz, sino también de corazón, porque quien lo alaba de corazón, lo alaba con la voz del hombre interior. La voz que dirigimos a los hombres es un sonido; la que dirigimos a Dios es el afecto” (Serm. 257,1).

    “¿Qué significa Aleluya?… “Aleluya” [equivale] a “Alabad a Dios”… Como veremos la verdad sin cansancio alguno y con deleite perpetuo, y contemplaremos igualmente la más cierta evidencia, encendidos por el amor a la verdad y uniéndonos a ella mediante un dulce, casto y al mismo tiempo incorpóreo abrazo, con tal voz le alabaremos y le diremos también Aleluya. Abrasados en amor mutuo hacia Dios y exhortándose recíprocamente a tal alabanza, todos los ciudadanos de aquella ciudad dirán “Aleluya”, porque dirán “Amén”” (Serm. 362,29).

    En el cielo, el Aleluya será nuestro todo; aquí, nuestro deleite, consuelo y esperanza:

    “Nuestro alimento, nuestra bebida, nuestro descanso y todo nuestro gozo allí será el Aleluya, es decir, la alabanza de Dios” (Serm. 252,9).

 

 

6.09.18

Aleluya III (Respuestas XIV)

5. Espiritualidad y contenido del Aleluya

       Un pueblo en fiesta canta a su Señor, ¡Aleluya!, porque Cristo ha triunfado sobre el pecado y la muerte y ha sido constituido Señor de todo. El Aleluya es júbilo, como júbilo se llamaba musicalmente al desarrollo de la última sílaba del Aleluya con sus melismas y modulaciones. El Aleluya es gozo en el alma. El Aleluya es alegría interior que sólo puede expresarse cantando porque las palabras se quedan pequeñas e insuficientes.

    San Agustín es un poeta del Aleluya, su gran predicador y su gran mistagogo. En muchísimas ocasiones predicó a su pueblo sobre el Aleluya, los introdujo en su significado celestial. Vamos a empaparnos de las enseñanzas, elevadas, claras a un tiempo, de este Padre.

    Los fieles cantaban el Aleluya con gusto. “Llegaron los días de cantar Aleluya… Estad atentos los que sabéis cantar y salmodiar en vuestros corazones a Dios, dando gracias siempre por todas las cosas, y alabad a Dios, pues esto significa Aleluya” (En. in Ps. 110,1).

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30.08.18

Las ofrendas de la Misa (II)

2. A la luz de la historia

   Entenderemos mejor, sin duda, qué se lleva como ofrendas en la Misa, por el sentido que tienen, si acudimos un poco a la historia de la liturgia, evitando así las cosas tan sorprendentes y extrañas que hoy se hacen.

  Sabemos, por las fuentes antiguas, cómo era esta procesión. Hipólito, en su obra la “Traditio Apostolica”, señala cómo los diáconos llevan al altar, el pan, el vino y el agua; san Justino, a mediados del siglo II, lo describe en su I Apología: “seguidamente se presenta al que preside sobre los hermanos pan y una copa de agua y vino mezclado: cuando lo ha recibido, eleva al Padre de todas las cosas alabanzas y gloria” (I, 65). Poco tiempo después, sobre el siglo IV, los fieles mismos llevaban al altar pan y vino (al no ser pan ázimo, aumentaba más y se procuraba llevar suficientes panes para que todos pudieran comulgar una vez fraccionados) y alimentos y ropas para los pobres y también para el sostenimiento de los sacerdotes:

            “también en el siglo VI la presentación de las ofrendas incluye una intención caritativa, pues los fieles llevan más de lo necesario con el objeto de subvenir a las necesidades de la Iglesia, del clero y de los pobres. La presentación de las ofrendas era considerada como un deber y un privilegio de los fieles, pues si éstos tenían la obligación de llevarlas sólo podían hacerlo quienes estaban en comunión con la Iglesia”[1][1].

      Más desarrollada es la presentación de los dones en los siglos VII-VIII, según el Ordo Romanus I, el rito de una Misa solemne del Papa. Aunque la descripción es amplia y detallada, ilumina mucho ver el valor que se le daba a este rito ofertorial, ceñido al pan y al vino, donde todos aportan. Es el pontífice quien se acerca a recogerlas en la nave de iglesia según los distintos órdenes jerárquicos y grupos de fieles, y también los subdiáconos. Todos ofrecen o pequeñas ánforas con vino o panes.

            “Entonces un diácono se acerca al altar, llevando el cáliz y el corporal; con el brazo izquierdo levanta el cáliz. El corporal se lo entrega a otro diácono para que lo retire del cáliz, lo ponga sobre el lado derecho del altar, y así, con la ayuda del diácono segundo, extienda la otra punta hasta el otro lado del altar.

            Suben a la sede el “primicerius” y el “secundicerius”, y el “primicerius” de los “defensores”, con todos los de la zona y los notarios. El subdiácono sigue al archidiácono el cáliz vacío.

            El pontífice, tras decir: Oremus, desciende al “senatorium”, sostenido por el “primicerius” de los notarios, que le da la mano derecha, y el de los “defensores” le da la izquierda. Ahí recibe las ofrendas de las autoridades, por orden de jerarquía.

            El archidiácono, tras él, recoge las ánforas (amulas) y las vacía en el cáliz mayor con la ayuda del subdiácono de zona, al que sigue un acólito con una jarra (scypho) sobre la casulla, en la que vuelve a vaciar el cáliz lleno.

            El pontífice entrega las ofrendas al subdiácono de zona, y éste al siguiente, el cual las coloca en un lienzo que sostienen dos acólitos. Las otras ofrendas las recoge el obispo hebdomadario, que va tras el pontífice, y las deposita en otro lienzo próximo. Tras él, el diácono que sigue al archidiácono recibe las ánforas (amulas) y las vacía en la jarra (scypho).

            El pontífice, antes de pasar al lugar de las mujeres, baja a la “confesión” y recibe las ofrendas del “primicerius” y “secundicerius” y del “primicerius” de los defensores. Lo mismo hace el pontífice cuando sube al lugar de las mujeres. Finalmente, vuelve a la sede, de la mano del “primicerius” y “secundicerius”.

            El archidiácono, tras la recogida (de las ofrendas), de pie ante el altar, se lava las manos y mira al pontífice, que le hace una señal de cabeza. El archidiácono le contesta con un saludo y sube al altar.

            Entonces los subdiáconos de zona toman las ofrendas de la mano del subdiácono siguiente y se las entregan al archidiácono. Este prepara el altar. Luego toma el ánfora (amula) del pontífice de manos del subdiácono oferente y la vierte sobre el cáliz. Así hace también con la de los diáconos.

            Baja el subdiácono siguiente adonde está la schola (coro de cantores) y recibe del archidiácono otro recipiente (fontem). La lleva al archidiácono, que la vierte también, haciendo la señal de la cruz.

            En este punto, los diáconos se dirigen al lugar donde está el pontífice. Al verlos, el “primicerius”, el “secundicerius”, el “primicerius” de los “defensores” de zona y los notarios y “defensores” de zona bajan a su sitio, donde se quedan de pie.

            El pontífice se levanta de su sede, baja al altar, lo besa y recibe las ofrendas de manos del presbítero hebdomadario y de los diáconos. El archidiácono recibe del oferente las ofrendas del pontífice y se las entrega a éste, el cual las coloca sobre el altar.

            El archidiácono levanta el cáliz que recibe del subdiácono de zona, lo pone sobre el altar, junto a la ofrenda del pontífice, envueltas las asas en el “offertorio”, colocándolo en uno de los lados del altar. Se queda de pie tras el pontífice. Éste, inclinándose un poco ante el altar, hace una señal a la schola (coro de cantores) para que calle.

            Al terminar el ofertorio, los obispos quedan en pie tras el pontífice, el primero en el medio, y luego, por orden, el archidiácono a la derecha de los obispos y el segundo diácono a la izquierda, y así sucesivamente”[2][2].

 

   Es un precioso y complicado rito, donde queda patente la importancia de las ofrendas, que se ciñen al pan y al vino, por supuesto, y que son recogidas por el pontífice y subdiáconos.

      En Oriente, sin embargo, los dones son llevados por los fieles antes de iniciarse la Misa a un lugar conveniente, y son los diáconos quienes durante la liturgia llevarán en procesión el pan y el vino al altar.

      Éste es, entonces, el espíritu que subyace hoy en nuestro rito romano y que no se ha de perder de vista en la procesión de ofrendas: aportar el pan y el vino necesarios para la comunión de todos, y aportaciones reales para la iglesia y los pobres.

 



[1][1] IBÁÑEZ-GARRIDO, Iniciación…, 312-313.

[2][2] Tomamos la traducción de MALDONADO, L., La plegaria eucarística, Madrid 1967, 482.

23.08.18

Aleluya II (Respuestas XIII)

3. El Aleluya en la historia de la liturgia

    Tanto en Oriente como en Occidente, el Aleluya entró con fuerza en la liturgia. En algunos sitios, como el norte de África, se reservó su uso sólo para la cincuentena pascual, como consta por distintos testimonios de san Agustín. En la liturgia bizantina, en cambio, fue un canto que resuena siempre en todo el año litúrgico, incluido el Viernes Santo.

  Las fuentes señalan la antigüedad del Aleluya en las liturgias orientales. En el antiguo leccionario de Jerusalén ya aparecía, también aparece su uso entre los sirios orientales, entre los maronitas, fue el trisagion entre los coptos y subsiste en el Aleluya de los bizantinos.

   Occidente acentuó mucho el carácter pascual y gozoso del Aleluya, por lo que se suprimió durante la Cuaresma y los días de ayuno.

    En el rito hispano se despedía el Aleluya el I domingo de Cuaresma hasta la Pascua, tal como decretó el IV Concilio de Toledo, y lo explica así san Isidoro, el gran Padre hispano:

  “Nosotros, según la antigua tradición de España, fuera de los días de ayuno y de Cuaresma en todo tiempo cantamos el Aleluya, pues está escrito que su alabanza esté siempre en mis labios” (De eccl. off., ).

  La liturgia romana lo cantó todos los domingos, exceptuando el tiempo de Cuaresma. San Benito codifica su uso en el capítulo 15 de la Regla, titulado: “en qué tiempos se dirá el Aleluya”: “Desde la santa Pascua hasta Pentecostés se dirá sin interrupción el Aleluya, tanto en los salmos como en los responsorios”; además, “todos los domingos, fuera de Cuaresma, díganse con Aleluya los cánticos, Laudes, Prima, Tercia, Sexta y Nona…”

   En la liturgia romana, el Aleluya fue el habitual canto de procesión del Evangeliario hasta el ambón para oír las palabras del Evangelio. El Ordo romano I, del siglo VIII, un Ordo que describe la Misa papal, dice:

   “Cuando el subdiácono ha acabado la lectura, el cantor, con el libro de cantos, sube (al ambón) y canta el salmo responsorial. Si es propio del tiempo que cante el Aleluya, así lo hará. De no ser así, cantará el Tractus o, como mínimo, tan sólo el salmo responsorial.

  Cuando está acabando el canto del Aleluya o del salmo responsorial, los diáconos se preparan para la lectura del evangelio” (nn. 57-58).

     Los Ordines medievales ofrecen una invitación a la comunión con el canto del Aleluya que perduró algunos siglos para el día de Pascua. Antes de la comunión y del beso de paz, el coro “cum gravi et suavi melodia” cantaba esta antífona invitando a la comunión pascual y a unirse con el canto de los ángeles:

     “Venite populi ad sacrum et immortale mysterium, et libamen agendum. Cum timore et fide accedamus, magnificum poenitentiae munus communicemus, quoniam propter nos Agnus Dei Patri sacrificium propositum est. Ipsum solum adoremus, ipsum glorificemus cum angelis clamantes: Alleluia”.

     Entonces todos se arrodillaban y los dos asistentes de mayor dignidad incensaban el altar.

    La Pascua es el tiempo gozoso del Aleluya. Por ello en Occidente se omitió en Cuaresma, por ser tiempo penitencial, y nació la costumbre de “despedir el Aleluya” antes de iniciarse la Cuaresma.

    La liturgia romana, siempre sobria y concisa, lo despedía cantándolo por dos voces, después del “Benedicamus Domino” en el Oficio divino del martes antes del Miércoles de Ceniza.

   En la Edad Media, el Aleluya, en Cuaresma, se sustituía por un tracto, que se compone de una sección de algún salmo sin estribillo. Al Aleluya, en esta época, se le añadió, para algunas fiestas, una pieza poética, llamada “Secuencia”. A la última modulación de la sílaba “Aleluya”, se le unía una pieza nueva, en forma de himno poético, que proliferaron a partir del siglo XII y que fueron muy populares, aunque no exentas de elementos extraños, al margen de la liturgia. Con el Misal de San Pío V sólo se mantuvieron unas cuantas: la de Pascua, Victimae paschali (Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza…), Veni Sancte Spiritus en Pentecostés, el Lauda Sion para el Corpus, el Dies irae para el oficio de difuntos. Ahora sólo se emplean la de Pascua y Pentecostés, que son obligatorias, y el Stabat Mater para el 15 de septiembre, la Virgen de los Dolores, que es facultativa.

    Tanto el rito hispano-mozárabe como el ambrosiano, que no tienen Miércoles de ceniza sino que empieza la Cuaresma directamente con el I domingo de Cuaresma, despedirá el Aleluya de otro modo. Posee un Oficio propio donde se solemniza el Aleluya como última ocasión para entonarlo hasta la noche santa de la Pascua.

    En el rito ambrosiano, el I domingo de Cuaresma, posee en el oficio de Laudes y de Vísperas, el canto del Aleluya de forma constante. Por ejemplo, una antífona de Laudes: “Aleluya. Cierra y sella tus palabras, aleluya, y descanse en vuestros interiores, aleluya, hasta el tiempo constituido y con gran gozo diréis aquel día, cuando llegue, aleluya, aleluya, aleluya”.

   Por su parte, nuestro rito hispano-mozárabe comienza la Misa del primer domingo de Cuaresma con solemnes Aleluyas en el canto inicial (praelegendum):

 Ahora es el tiempo favorable, aleluya.
R/. Ahora es el día de la salvación, aleluya.

 

V/. El Señor reina vestido de majestad, el Señor, vestido y ceñido de poder.
R/. Ahora es el día de la salvación, aleluya.
V/. Gloria y honor al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
R/. Ahora es el día de la salvación, aleluya.

    En Vísperas se le dedica al Aleluya un himno especial y la oración Completuria reza:

Aleluya en el cielo, y en la tierra:

en el cielo sin interrupción y en la tierra cantado.

Allí suena continuamente, aquí fielmente.

Aquél perennemente, éste suavemente.

Aquél felizmente, éste concordemente.

Aquél inefablemente, éste inminentemente.

Aquél sin sílabas, éste con melodías.

Aquél por los ángeles, éste por el pueblo.

 

4. En la liturgia hispano-mozárabe y en la romana

   La Iglesia, como hemos ido viendo, no sólo incorporó el Aleluya a la liturgia, sino que lo entonó gozosamente muchas veces en sus ritos y oficios.

          4.1. El venerable Rito hispano

     El rito hispano canta el Aleluya pero, como algo propio y original, lo hace como conclusión a la liturgia de la Palabra. La procesión del diácono con el Evangeliario hacia el ambón (también con cirios e incienso como en todas las liturgias) tiene una aclamación a Cristo. Tras el Evangelio, la homilía y el silencio meditativo. Entonces, una vez hecho ese silencio meditativo, puestos todos en pie, se cantan Laudes, es decir, el Aleluya con su versículo, que es una forma de aclamar la Palabra de Cristo escuchada y predicada y dar gracias.

    El rito hispano-mozárabe incorporó el Aleluya, también, con normalidad tanto al canto inicial de la Misa (praelegendum), como al canto de comunión (ad accedentes) y la antífona de después de la comunión (post communionem).

   El canto praelegendum, al inicio de la celebración, está enriquecido con el Aleluya. Por ejemplo, el canto praelegendum del domingo XI de Cotidiano:

El Señor es rey de majestad vestido, aleluya.

V/. El Señor se ha vestido, se ha ceñido de poder.
R/. De majestad vestido, aleluya.
V/. Gloria y honor al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
R/. De majestad vestido, aleluya.

    O el domingo VII de Cotidiano:

 Da, Señor, fortaleza a tu pueblo, aleluya, y bendícelo con la paz, aleluya, aleluya, aleluya.

V/. Cuando seas propicio con tu pueblo, acuérdate de nosotros, Señor, cuando vengas a salvarlo no te olvides de nosotros.

R/. Y bendice a tu pueblo con la paz, aleluya, aleluya, aleluya.

V/. Gloria y honor al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

R/. Y bendice a tu pueblo con la paz, aleluya, aleluya, aleluya.

     Tomemos uno de Adviento, por ejemplo, el domingo

 Sube a un monte alto, mensajero de albricias de Sión, haz resonar fuertemente tu voz, mensajero de albricias de Jerusalén. Dí a las ciudades de Judá: aleluya, aleluya.

V/. Viene nuestro Dios resplandeciente y no callará.

R/. Dí a las ciudades de Judá: aleluya, aleluya.

V/. Gloria y honor al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

R/. Dí a las ciudades de Judá: aleluya, aleluya.

      El canto propio para la comunión, de ordinario, está formado por el salmo 33 con Aleluya, salvo que la Misa señale un canto ad accedentes propio:

Gustad y ved qué bueno es el Señor,
aleluya, aleluya, aleluya.
V/. Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca.
R/. Aleluya, aleluya, aleluya.

V/. El Señor redime a sus siervos,
no será castigado quien se acoge a Él.
R/. Aleluya, aleluya, aleluya.

V/. Gloria y honor al Padre, al Hijo,
y al Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos. Amén.
R/. Aleluya, aleluya, aleluya.

      Habitualmente, excepto en Cuaresma, la antífona post-comunionem canta Aleluya:

Alimentados con el Cuerpo y la Sangre de Cristo,
te alabamos, Señor.
R/. Aleluya, aleluya, aleluya.

          4.2. El rito romano

      Llegados al rito romano, veamos el uso del Aleluya y sus particularidades, que se realiza durante todo el año excepto desde el Miércoles de Ceniza hasta la Vigilia pascual.

   En la Misa, así como en distintas celebraciones sacramentales, el Aleluya es el canto de acompañamiento y preparación para el rito del Evangelio. Puestos todos en pie, se canta el Aleluya mientras se pone el incienso, el diácono pide la bendición y después, tomando el Evangeliario del altar, va en procesión, con cirios e incienso, hasta el ambón.

   Con el Aleluya, todos se disponen a recibir a Cristo como Señor que va a hablar a través de la lectura del Evangelio y se adhieren a Él. Dice la IGMR: “Después de la lectura, que precede inmediatamente al Evangelio, se canta el Aleluya u otro canto determinado por las rúbricas, según lo pida el tiempo litúrgico. Esta aclamación constituye por sí misma un rito, o bien un acto, por el que la asamblea de los fieles acoge y saluda al Señor, quien le hablará en el Evangelio, y en la cual profesa su fe con el canto” (IGMR 65).

  Por su parte, la Ordenación del Leccionario de la Misa explica:

“También el Aleluya o, según el tiempo litúrgico, la aclamación antes del Evangelio, “tienen por sí mismos el valor de rito o de acto”, mediante el cual la asamblea de los fieles recibe y saluda al Señor, que va a hablarles, y profesa su fe cantando.

El Aleluya y las otras aclamaciones antes del Evangelio deben ser cantados, estando todos de pie, pero de manera que lo cante unánimemente todo el pueblo, y no sólo el cantor que lo inicia o el coro” (OLM 23).

    Este canto consiste en la repetición varias veces de la palabra “Aleluya”, sin glosas ni paráfrasis ni texto alguno ni un canto “sobre” el Aleluya, sino “Aleluya” varias veces, jubiloso. Luego un cantor entona un versículo, normalmente tomado del Evangelio que se va a proclamar, y de nuevo coro y fieles repiten la palabra “Aleluya”, cantándola varias veces con gozo.

      Por ejemplo: “Aleluya, Aleluya. Habla, Señor, que tu siervo escucha. Aleluya”. Se repite el Aleluya tantas veces cuantas sea necesaria porque debe acompañar este canto la procesión con el Evangeliario –cirios e incienso- hasta el ambón. En Cuaresma, sin embargo, se sustituye por una breve aclamación a Cristo.

   ¡Qué bien suena el Aleluya en el Oficio divino! Diariamente, excepto en Cuaresma, tras el “Dios mío, ven en mi auxilio”, todos, profundamente inclinados, cantan el “Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo”, que termina “por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya”. Aleluya, porque el Oficio de las Horas es alabanza del Señor, una alabanza continua e ininterrumpida a lo largo de la jornada, donde, además, el cielo y la tierra se unen cantando al Señor.

   Cada domingo, al celebrar las Vísperas, la Iglesia-Esposa canta feliz, con júbilo indescriptible, el mismo Aleluya que resuena en las moradas celestiales (exceptuando los domingos cuaresmales). Cada domingo, el Aleluya del cielo entra en la liturgia de la tierra, y, al unísono, alaban al Señor pequeños y grandes, sus siervos todos, porque reina el Señor nuestro Dios, dueño de todo, y porque llegaron las bodas del Cordero y su Esposa se ha embellecido (cf. Ap 19):

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios
(R. Aleluya)
porque sus juicios son verdaderos y justos.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Alabad al Señor sus siervos todos.
(R. Aleluya)
Los que le teméis, pequeños y grandes.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.
(R. Aleluya)
Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Llegó la boda del cordero.
(R. Aleluya)
Su esposa se ha embellecido.
R. Aleluya, (aleluya).

    Son frecuentes las antífonas con Aleluya en la Liturgia de las Horas dominical a lo largo de todo el año, si acudimos, por ejemplo, a las cuatro semanas del salterio:

 “Por ti madrugo, Dios mío, para contemplar tu fuerza y tu gloria. Aleluya” (Ant. 1, Laudes, Dom. I).

 “Desde Sión extenderá el Señor el poder de su cetro, y reinará eternamente. Aleluya” (Ant. 1, II Visp., Dom. I).

 “Eres alabado, Señor, y ensalzado por los siglos. Aleluya” (Ant. 2, Laudes, Dom. III).

 “Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados” (Ant. 2, II Visp., Dom. IV).

      Las fiestas y solemnidades son ocasión, asimismo, de vivir el tono pascual con el Aleluya de las antífonas; por ejemplo la antífona del Magníficat de las II Vísperas del Apóstol Santiago:

 “¡Oh glorioso apóstol Santiago, elegido entre los primeros! Tú fuiste el primero, entre los apóstoles, en beber el cáliz del Señor. ¡Oh feliz pueblo de España, protegido por un tal patrono! Por ti el Poderoso ha hecho obras grandes. Aleluya”.

     La santa Transfiguración del Señor, el 6 de agosto, entona Aleluya:

  “Lo coronaste de gloria y dignidad, Señor. Aleluya, aleluya. Le diste el mando sobre las obras de tus manos” (Resp. breve, Laudes).

 “Una voz, desde la nube, decía: ‘Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo’. Aleluya” (Ant. Ben.).

 “Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: ‘No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos’. Aleluya” (Ant. 3, II Visp.).

    Hermosísima fiesta, entre todas, es la Asunción de la Virgen, su propia Pascua, cuando la Iglesia en el Oficio también entona feliz el Aleluya:

 “Cristo ascendió a los cielos y preparó un trono eterno a su Madre inmaculada. Aleluya” (Ant. 1, I Visp.).

 “Por Eva se cerraron a los hombres las puertas del paraíso, y por María Virgen se han vuelto a abrir a todos. Aleluya” (Ant. 2, I Visp.).

     Estos ejemplos bastan para ver el uso del Aleluya en el Oficio divino, tan abundante, tan gozoso.

   Tan importante es el Aleluya y tan querido, que si no se canta, es mejor omitirlo porque recitado, rezado, pierde todo su sentido y fuerza. Y se recibe en la Vigilia pascual con un deseo ardiente, tras haber quedado mudo durante toda la Cuaresma. En la Vigilia pascual tiene un rito propio.

    El Obispo en su catedral recibe el anuncio del Aleluya que le comunica un diácono (o lector) tras la lectura de la epístola paulina: “Reverendísimo Padre: os anuncio una gran alegría, el Aleluya” (CE 352).

    “El Obispo, de pie y sin mitra, entona solemnemente el Aleluya, con la ayuda, si es necesario, de uno de los diáconos o de los concelebrantes. Lo canta tres veces, elevando la voz gradualmente: el pueblo después de cada vez lo repite, en el mismo tono. Luego el salmista o el cantor dice el salmo, al cual el pueblo responde Aleluya” (CE 352).

   La santa Pascua, además, tiene un rito especial, sencillo, pero que lo hace ser distinto. Desde la Vigilia pascual hasta el Domingo II de Pascua, que cierra la Octava, y el día de Pentecostés, la despedida litúrgica contiene un doble Aleluya en la monición y en la respuesta: “Podéis ir en paz. Aleluya, aleluya. R/ Demos gracias a Dios. Aleluya, aleluya”.

    Como si el Aleluya fuera una persona querida, la Iglesia se dirige a él despidiéndose: “Angelus Domini bonus comitetur tecum, Alleluia, et bene disponat itinera tua: ut iterum cum gaudio reverteris ad nos, Alleluia, Alleluia. V/ Multiplicentur a Domino anni tui; per viam sapientiae incedas: ut iterum cum gaudio reverteris ad nos, Alleluia, Alleluia…”, “El buen ángel del Señor te acompañará, Aleluya, y dispondrá bien tus caminos: para que con gozo vuelvas otra vez a nosotros, Aleluya, Aleluya. El Señor multiplicará tus años; por el camino de la sabiduría avanzas: para que con gozo vuelvas otra vez a nosotros, Aleluya, Aleluya…”

 

 

17.08.18

Aleluya I (Respuestas XII)

1. El Aleluya en las Escrituras

   Aleluya es el canto de los redimidos, Aleluya es la alegría del corazón ante el Señor.

    Con unas pocas sílabas se contiene y se manifiesta júbilo, gozo, alegría, fe, exultación. Es palabra hebrea que la liturgia ha mantenido en su lengua original sin traducirla, como también ha hecho con “Amén” y con “Hosanna”.

    Aleluya se considera una palabra sagrada. Se prefirió mantenerla en su lengua original. San Agustín así lo explica: “hay palabras que por su autoridad más santa, aunque en rigor pudieran ser traducidas, siguen pronunciándose como en la antigüedad, tales como son el Amén y el Aleluya” (De doc. chr., 11). El gran Padre hispano, san Isidoro de Sevilla, también explica porqué no se tradujo:

 “No es en manera alguna lícito ni a griegos ni a latinos ni a bárbaros traducir en su propia lengua, ni pronunciar en otra cualquiera, las palabras Amén y Aleluya… Tan sagradas son estas palabras, que el mismo san Juan dice en el Apocalipsis que, por revelación del Espíritu Santo, vio y oyó la voz del ejército celestial como la voz de inmensas aguas y de ensordecedores truenos que decían: Amén y Aleluya. Y por eso deben pronunciarse en la tierra como resuenan en el cielo” (Etim. VI, 19).

  Otro testimonio más, en este caso, de san Beda el Venerable: “Este himno de divina alabanza, por reverencia a la antigua autoridad, es cantado por todos los fieles en todo el mundo con una palabra hebrea” (Hom. in Dom. post Asc., PL 94,185).

 Se compone de dos partes: “Hallel” y “yah”, correspondientes a “Hallel”, que significa “alabad” y “yah”, del nombre Yahvé. “Alabad al Señor” o “Alabad a Dios”, y al decirlo, aleluya, ya se está alabando con el canto y el júbilo de corazón.

 Abundan los ejemplos en las santas Escrituras, desde el Antiguo Testamento hasta su último libro, el Apocalipsis; unas veces como aclamación, “aleluya”, y otras veces, como en muchos salmos, viene traducida: “alabad al Señor”. Hasta en los momentos de mayor aflicción, incluso en el destierro, la promesa que levanta de nuevo la esperanza es poder cantar “aleluya” al Señor, por ejemplo, en el cántico de Tobías: “las puertas de Jerusalén entonarán cantos de alegría y todas sus casas cantarán: Aleluya, bendito sea el Dios de Israel” (Tb 13,17).

 ¡Aleluya! ¡Alabad al Señor! Así tenemos el conjunto de salmos del Hallel (o Aleluya) que se cantaba en la Cena pascual de Israel, y que Jesús mismo cantó: “Después de cantar el himno, salieron para el Monte de los Olivos” (Mt 26,30; Mc 14,26). Comienza con el salmo 112: “Alabad siervos del Señor”, y sigue hasta el salmo 135, el himno pascual, el último salmo que se cantaba en la Cena pascual.

 El mismo Salterio concluye con tres salmos aleluyáticos, como broche de oro y colofón glorioso. Así el salmo 148: “Alabad al Señor en el cielo, alabad al Señor en lo alto”; después el salmo 149: “Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza”, para concluir con el gran Aleluya que es el salmo 150, y empieza cada versículo con “aleluya”: “Alabad al Señor en su templo, alabadlo en su fuerte firmamento. Alabadlo por sus obras magníficas, alabadlo por su inmensa grandeza”.

 Hay salmos, en el Salterio mismo, cuya primera palabra es “Aleluya”, aunque se haya omitido en la Liturgia de las Horas para poder cantarlos siempre y en todo tiempo litúrgico. Por ejemplo: “Aleluya. Dad gracias al Señor, aclamad su nombre” (Sal 104), “Aleluya. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia” (Sal 105; 106), “Aleluya. Dad gracias al Señor de todo corazón” (Sal 110), “Aleluya. Dichoso quien teme al Señor” (Sal 111), “Aleluya. Alabad, siervos del Señor” (Sal 112), “Aleluya. Cuando Israel salió de Egipto” (Sal 113A), y así podría proseguirse la enumeración.

 En el cielo, la alabanza festiva y la adoración de los ángeles y los santos y los redimidos es un jubiloso Aleluya según revela el Apocalipsis:

 Oí después en el cielo algo que recordaba el vocerío de una gran muchedumbre; cantaban: «Aleluya. La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios, porque sus juicios son verdaderos y justos…»

Y repitieron: «Aleluya…»

Se postraron los veinticuatro ancianos y los cuatro vivientes rindiendo homenaje a Dios, que está sentado en el trono, y diciendo: «Amén. Aleluya.»

Y salió una voz del trono que decía: «Alabad al Señor, sus siervos todos, los que le teméis, pequeños y grandes.»

Y oí algo que recordaba el rumor de una muchedumbre inmensa, el estruendo del océano y el fragor de fuertes truenos. Y decían:

«Aleluya. Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo, alegrémonos y gocemos y démosle gracias. Llegó la boda del Cordero, su esposa se ha embellecido, y se le ha concedido vestirse de lino deslumbrante de blancura -el lino son las buenas acciones de los santos-. (Ap 19,1-6).

      Refleja este texto, sin duda, la praxis de la primera Iglesia que cantó el Aleluya en su liturgia. Lo había heredado de la liturgia sinagogal, en la que participaban habitualmente Cristo (Mt 12,9; Mc 1,21; 3,1; 6,2, etc.; “como era su costumbre”, Lc 4,16), y los Apóstoles (Hch 13,16; 14,1; 17,10; 18,4) y lo cantaban.

   Con normalidad, la Iglesia asumió el canto del Aleluya para el culto cristiano. “Cantad y salmodiad”, como san Pablo exhortaba (cf. Ef 5,19; Col 3,16) significaba cantar “Aleluya”, como san Agustín interpreta: “Estad atentos los que sabéis cantar y salmodiar en vuestros corazones a Dios, dando gracias siempre por todas las cosas y alabad a Dios, pues esto significa Aleluya” (Enar. in Ps. 110, 1).

2. Los testimonios sobre el Aleluya

     Pronto se hizo muy querido por el pueblo cristiano que lo entonaba con alegría.

    Tertuliano narra cómo los fieles no dejan de intercalar el Aleluya en sus salmos y oraciones:

“Los más diligentes a la hora de orar suelen añadir, en las oraciones, el aleluya y ese tipo de salmos a cuyas estrofas deben responder los que se encuentran reunidos. Y es, ciertamente, una óptima costumbre todo cuanto mira a ensalzar y honrar a Dios, como es esto de presentarle una oración sobreabundante a modo de rica víctima” (De orat., 27).

   Además, el Aleluya acompañaba en todo momento la vida del fiel cristiano. San Jerónimo describe cómo en los cenobios fundados por santa Paula, las consagradas eran llamadas al Oficio divino con el cántico del Aleluya (cf. Ep. 108, ad Eustochium). También este Padre narra cómo Paula, siendo una niña pequeña, saltaba al cuello de su abuelo cantando el Aleluya (Ep. 107, ad Laetam), y que “Christi Alleluia” era la palabra que comenzó a balbucir.

  No sólo las vírgenes consagradas viviendo en el cenobio, sino los fieles cristianos en sus trabajos y labores agrícolas, como atestigua el mismo san Jerónimo:

   “Vayas adonde vayas, el labrador, esteva en mano, canta el aleluya; el segador, chorreando de sudor, se recrea con los salmos, y el viñador, mientras poda las vides con su corva hoz, entona algún poema davídico. Tales son las cantinelas de esta tierra; éstas son, como se dice vulgarmente, las canciones amatorias, esto silba el pastor, éstas son las herramientas de cultivo” (Ep. 46,12).

   Sidonio Apolinar da testimonio de los navegantes cristianos que cantaban el Aleluya deseando volver a su patria: “Mientras los navegantes entonan el Aleluya ya parece oírse su eco en la playa” (Ep. 10, Ad Hesp.).

   Tanto era el afecto por el Aleluya y su incidencia en la vida cristiana que se inscribía en las puertas tanto de las casas como de los propios templos. Lo encontramos en algunas casas de Antioquía: “Icthis Alelouia”, o “Alelouia”. San Paulino de Nola mandó inscribir en el frontispicio de la basílica de san Félix: “Alleluia novis balat ovile choris” (Ep. 32,5).

   Es signo distintivo de la fe el Aleluya. Una vez que san Agustín de Canterbury ha evangelizado Inglaterra, san Gregorio Magno, feliz con el éxito de la misión, explica el logro evangelizador escribiendo: “La lengua de Britania que no sabía sino pronunciar palabras bárbaras, acaba de aprender a cantar el Aleluya hebreo en las alabanzas divinas” (Mor. In Iob, 27,11).

   El Aleluya es confesión de fe en la victoria de Cristo y acompañaba al cristiano durante su vida, hasta su muerte incluso. Luego pareció desentonar en los oficios exequiales que se tiñeron sólo del aspecto de tristeza y sufragio, y, por tanto, sin Aleluya. Pero la tradición cristiana sí tenía el Aleluya en el momento del último tránsito y oficio exequial.

   San Jerónimo narra cómo en la muerte de Fabiola todo el pueblo romano fue convocado, cantaron salmos, y “el sublime Aleluya llenando los templos hacía estremecer sus artesonados áureos” (PL 22,697). También, dos siglos más tarde, se hizo lo mismo en los funerales de santa Radegunda (Vita Radegundis, 28). Costumbre ésta que permaneció vigente en la liturgia bizantina que canta Aleluya en los ritos exequiales. Pero también en el ámbito de la liturgia romana se practicaba así, como dice el Sacramentario Gregoriano: “Incipit officium pro defunctis. In primis cantatur psalmus In exitu Israel cum antiphona vel Alleluia” (Gr-H  ). En el rito hispano-mozárabe, el canto inicial dice: “Tu es portio mea, Domine, Alleluia. In terra viventium, Alleluia, Alleluia…”

   Los oficios exequiales no se concebían como un llanto desesperado sino como canto a la victoria de Cristo a la que se asociaba el hermano que había fallecido. El clima pascual era predominante, y el Crisóstomo fustiga los llantos exagerados:

   “Dime, ¿no son unos atletas estos difuntos conducidos al resplandor de teas encendidas y al canto de himnos? ¿No glorificamos y damos gracias a Dios por coronar a aquél que ya ha partido y que ya ha colocado cabe sí, exento de todo temor? No busques otra explicación a estos himnos y estos salmos. Todo ello es propio del que está alegre: ‘¿Está alguno alegre? Cante salmos’” (In ep. ad Heb., hom. 4).

    También el Pseudo-Dionisio:

    “Los parientes del difunto… le proclaman bienaventurado por haber finalmente llegado al premio final de la lucha, y dirigen cánticos de acción de gracias al autor de la victoria pidiendo para sí mismos semejante gracia” (De eccl. hier., c. 7).