18.03.19

¿La Iglesia Católica se muere?

Vaya por delante que, como nos ha prometido el Señor, y su Palabra siempre se cumple pues es la misma Verdad: Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. Por tanto, la Iglesia Católica no puede morir: el Señor ha empeñado su Palabra. Pero… la están matando. Sus propios hijos.

Hay gentes que se pueden reir con lo que escribo. No lo dudo en absoluto. Pero les recordaría a esas mismas gentes que tampoco Dios podía morir; con todo… lo mataron. Y tuvo que resucitar. O sea, que no hay que precipitarse, porque las prisas nunca son buenas, tampoco para sacar pensar y para sacar conclusiones.

Por tanto, y sabiendo que siempre habrá un pusillus grex y un resto de Israel que permanecerá fiel, y desde donde el Señor suscitará de nuevo su Iglesia -como suscitó una y otra vez a Israel-, no tengo más remedio que seguir insistiendo en la afirmación que da título al post: ¿la Iglesia se muere?

Porque se están poniendo todos los medios, todas las condiciones necesarias para matarla. De hecho, lo que está pasando en la Iglesia Católica a día de hoy, es la repetición de lo mismo que ha llevado a la muerte a las que calificamos de “otras realidades eclesiales"; y todas están muertas, y bien muertas, por cierto: claro que, a pesar de las apariencias, todas nacieron ya muertas. Y hay que decirlo.

Pero no sería el caso de la Iglesia Católica; porque, si eso pudiese llegar a suceder, estaría muy mal muerta, porque no solo nació viva, sino del mismo autor -y dador- de la Vida. Pero, con todo, no estaría menos muerta. 

¿Por qué lo digo?

Una aclaración previa: nunca me he considerado un “pesimista". Es más: me molesta bastante lo de “pesimista"/"optimista” siempre que eso sirva para “ocultar” la REALIDAD. Pero, desde luego, estoy en las antípodas de esos “optimistas con pedigrí” -¡ciegos que guían a otros ciegos, mercenarios, perros mudos, sepulcros blanqueados!- que, por ejemplo, cuando el último inquilino de una casa religiosa apaga la luz por última vez porque se van, bajan las persianas y cierran, comenta: “¡pues mejor: así no hay que estar apagando y encendiendo; y, además…, sale más barato!". Pues eso.

Pero lo digo -con mucho dolor, si se me permite tan personal confidencia- a tenor de lo que está pasando, de cómo se está gestionando(?) lo que pasa, y de lo que se está diciendo al respecto: todo en y desde la propia Iglesia Católica. ¡Es demencial! Y, además, penoso, de vergüenza ajena y… suicida: que termina siempre en muerte, por cierto.

1. De entrada, y es lo más grave con diferencia y a mi entender: la falta de vocaciones sacerdotales; y, de rebote, de vocaciones religiosas. Hablo en general; pero muy en concreto, en el ámbito del mundo occidental; mundo que, desde los tiempos de Roma, había marcado la impronta en todo el resto.

Sequía -¡un desierto, donde antes había un vergel! Y no hablo del siglo XIII, que podría, sino de lo que yo he visto con mis propios ojos-, que no hace sino poner de manifiesto, -sin ninguna posibilidad de paños calientes o placebos-, que TODA LA PASTORAL en la Iglesia -y no solo la estrictamente “juvenil” y “vocacional"-, desde mediados de los años sesenta hasta hoy (nada más acabar el CV II), ha sido la historia de UN FRACASO: sonoro y sonado, desgraciado y estrepitoso, buscado y justificado en tantos casos y lugares.

Y ya se sabe que una familia sin hijos, como muy bien enseña la experiencia más natural, se extingue, se muere  necesariamente, por mucho que haya durado la agonía. En el caso de la Iglesia Católica, ni sesenta años, en comparación con esas otras “realidades eclesiales” que han durado siglos: ¡y eso que nacieron muertas!

2. La falta total y absoluta de disciplina sacramental: desde la celebración de la Santa Misa, hasta la administración (¿?) de los Sacramentos -empezando por la propia Eucaristía-, cuya vigilancia y fiel cumplimiento en estricta obligación, recae en conciencia en los ministros sagrados y, a su cabeza, el Ordinario del lugar.

Se admite a los Sacramentos -a todos y a cada uno de ellos- a las personas que no están ni siquiera medianamente informadas de los que son y, por tanto, no saben a lo que se acercan ni lo que reciben. En esas condiciones, la responsabilidad moral de los sacrilegios que cometen los presuntos fieles -en muchos casos, meramente “materiales", dado lo que se les ha dicho, animado y permitido- recae, directamente y  formalmente, en los ministros sagrados; y, en último término, insisto, en el sr. Ordinario del lugar, por acción u omisión.

Volver a hablar aquí del fracaso de las catequesis a todos los niveles es quedarse en prácticamente nada, porque aquí lo que ha fracasado previa y estrepitosamente es la FORMACIÓN DEL CLERO y de sus ORDINARIOS, fruto del gravísimo error al escoger el “modelo” adoptado para unos y otros: se les ha hurtado, nada más y nada menos, que al mismo Cristo. Y, de este modo, toda la ¿formación? que se les ha dado estaba viciada -muerta- desde el inicio. Por sus frutos los conoceréis. Y, ¡vaya si se están conociendo!

3. La ruptura de la unidad doctrinal, de la comunión jerárquica y, en consecuencia necesaria, de la unidad entre los fieles y sus pastores, y entre los mismos fieles entre sí. En todos estos aspectos, la Iglesia está hecha unos zorros, desdibujada, desgarrada, rota, sin fuelle, sin Verdad, sin Cristo..

Se ha dejado y/o querido, conscientemente y desde arriba, que cada obispo hiciese de su capa un sayo, y los peores se han llevado el gato al agua; o de que, camuflados en las Conferencias Episcopales, los obispos al pretender ir “todos a una” y dar hacia fuera una “nota” de una unidad que no vivían porque no la tenían, han traicionado a la propia Iglesia Católica, a la que debían servir: y se han llevado el agua a su molino los peores; los obispos han dejado hacer a los sacerdotes y a los religiosos lo que les ha dado la gana y, en esa tesitura y como no podía ser de otra manera, han “ganado” los más beligerantes: o sea, los peores; desde ahí, se ha “enseñado” (?) a los fieles supercherías -o simplemente herejías- dándoselas como si fuese “lo auténticamente católico": se les ha desarraigado de la Fe al desarraigarles de la Doctrina.

Podría seguir, pero no puedo ni quiero. Toca clamar al Señor: “¡Ven, Señor, Jesús: no tardes!”

3.02.19

"Sensus Fidei. Sensus fidelium. Sensus Ecclesiae".

Estamos en un momento de la Historia de la Iglesia en la que se hace no solo necesario sino absolutamente imprescindible, como católicos, tener más que claras, clarísimas, el contenido de estas tres expresiones que, acuñadas dentro de la Iglesia Católica y solo en Ella, en el fondo, en el fondo, no son más que una: el sentido de Dios y el Amor que nos tiene, dándonos a su Hijo muy amado, y trayéndonos a su Iglesia, la Una.y Única. Como solo hay un Uno y Único Dios.

Sensus fidei. Literalmente, “el sentido de la Fe". Es decir, significa, muy en primerísimo lugar, el “sentido” -la orientación, el camino, la seguridad y la Verdad de Dios- que la Fe -con la Gracia- va poniendo en el alma del creyente para ir “entendiendo” y, a la vez, “conformando” todos los aspectos de su vida, más y más, con lo que sabemos que Dios nos ha revelado y la Iglesia nos enseña. Es el criterio de “discernimiento” para saber “juzgar", desde Dios, de uno mismo, de los demás y del mundo con sus máximas -que no tienen ese origen divino precisamente: al contrario, son enemigos de la Salvación del hombre-, conforme a Dios.

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27.01.19

«Dios ha muerto» (F. Nietzsche). ¿Acertó?

A primeros del siglo XX, en Moscú, ya imperaban -instalados y arrasando, que es lo suyo- los primerizos comunistas que, con Lenin a la cabeza, gobernaron todo un imperio, el antes llamado imperio zarista; más tarde fueron a por su sonada expansión; tan “sonada” y tan “sonora", que la hicieron a sangre y fuego: a cañonazos, tiros, ejecuciones, etc. Tan sonada y, a la corta, tan fructífera, que la asumieron como su mejor y más neta seña de identidad: así definieron su ADN, y así lo exportaron. Hasta ayer, como quien dice; porque es lógico que hayan tenido, y tengan, unos cuantos hijos naturales.

Pues, gobernando estos señores, y siguiendo la lógica de otra de sus características fundacionales que ya traían en su ADN originario, su MATERIALISMO ATEO, no tuvieron otra ocurrencia, en el año 1918, que, acusado por el Comisario de Instrucción Pública -o sea, el encargado de “comer el coco” y corromper las conciencias al personal: como hoy en prácticamente todas las “democracias” occidentales, en especial en España, con mucha diferencia: está a la cola en instrucción y educación, y a la cabeza de la corrupción obrada por los políticos y demás-, llevar a juicio, condenar y ejecutar inmediatamente la sentencia -de MUERTE, claro- ¡a DIOS! Sí: a Dios. De modo que montaron un buen pelotón y dispararon unas cuántas ráfagas de ametralladora hacia el cielo, pues sabían perfectamente, gracias a la “podrida” burguesía que les había precedido, que el cielo era el lugar de Dios. 

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20.01.19

La inmortalidad, ¿una mentira?

En estos últimos días y en el mismo diario, aunque de distintos autores, he encontrado la misma afirmación y con palabras casi idénticas; lo presentan -lo descalifican-, así: “ya se sabe que la eternidad [referida a la persona humana], la inmortalidad, es una mentira".

¿Cómo puede una persona que sostiene tal sinrazón seguir pretendiendo ser -y actuar- como persona; y esperar, además, que te traten como tal? Porque, ¿qué encierra tal aserto?

Encierra, nada más y nada menos, que la negación de lo que es la persona humana. Es decir y para que nos aclaremos: “reconvierte” a la persona en una vaca; la “reduce", se dé cuenta o no, al nivel de las vacas. Puede que, a tenor del nivel manifestado tan a las claras, los autores no hayan caído en ello: vamos, que ni se le haya ocurrido. Pero tal cual.

Porque, una de las “cualidades” o “potencias” o “facultades"que “adornan y especifican a la persona humana", es decir, la hacen “otra cosa” por encima totalmente de los animales -no faltan gentes que digan lo contrario: que por delante y por encima están los animales- es, precisamente, que está dotada de entendimiento y voluntad; potencias o facultades que son, de suyo, ESPIRITUAES -son INMATERIALES- y, por tanto, NUNCA fenecen, es decir, no se acaban: son INMORTALES; es decir: son ETERNAS. Como el alma. Como la misma persona.

Ya sé que admitir esto no está al alcance de cualquiera, en particular de quien rechaza la verdad de las cosas, y no la acepta; supongo que porque no se le ha ocurrido a ella que, a mayor abundamiento, se le ha ocurrido exactamente lo contrario; por tanto, la rechaza, venga de quien venga, la rechaza siempre que no comulgue con lo políticamente correcto, con la opinión dominante o dominadora, o con sus propias ocurrencias. Y así les va; y además con estos bueyes pretenden arar, y dar opinión, y escribir, y hacer “kultureta".

Porque estas cosas -la existencia del alma en el hombre, y sus facultades: todo ello de naturaleza espiritual e inmaterial-, ya las descubrieron los filósofos griegos -no todos, claro, sólo los mejores: Platón y Aristóteles, en concreto- cinco o cuatro siglos antes de Jesucristo. Y también, por si lo de Aristóteles y Platón se nos había pasado, nos lo ha revelado Dios mismo, y está recogido en la Biblia, y así nos lo enseña -o enseñaba hasta antesdeayer- incluso la Iglesia Católica.

Lo que no se entiende es que una vaca escriba; y lo haga, además, por algún motivo, por alguna finalidad. Y no se entiende porque, como nunca se ha visto que una vaca lo haga, se sigue que no puede hacerlo: es incapaz. Como está comprobado que no es inteligente; que no organiza entierros; que no se pone de rodillas y reza; que no construye iglesias ni cementerios; que no edita periódicos, ni hace música; que no deja herencias, etc. O sea: que no es persona.

Pero una persona sí hace esas cosas, y más; y, lógicamente, lo hace porque puede, porque está capacitada, porque le corresponde, porque le pertenece. Totalmente. Pero todo eso porque es espiritual y, en consecuencia, porque es inmortal. Si no se afirma esto, no se puede afirmar -menos aún, demostrar- lo anterior.

Reconozco que debe ser muy duro creerse vaca cuando no se es una vaca. Debe ser muy duro comprobar que uno actúa como si no fuese vaca y creerse que es una vaca: vamos, que no se cree ni lo que está haciendo ni lo que está diciendo. Y una situación de este tipo debe poner al borde, no solo de los nervios, que también, sino de la locura y/o de la esquizofrenia.

Así es como uno se cree capaz de catalogar la vida humana como un “sin sentido", como una “náusea”, como  un engaño vil,  o como una “nada".

Por cierto: otra cosa que no puede ser una vaca: ni loca, ni esquizofrénica; ni es capaz de enjuiciar su vida y la de los demás: ¡porque no es persona!

Hace unos años -como sesenta, y mejor antes incluso- estas cosas eran de cultura general; porque había cultura: ahora hay “kultura” e “ideologías", que matan todo pensamiento humano. Había una base cultural, que venía ya desde antes de Cristo -del mundo clásico,  como hemos dicho-, y que estaba confirmada y elevada por el “humus” católico; y esta cultura -auténtica, digna del hombre, porque la había creado el hombre desde su ser hombre y desde su relación con Dios- nos impedía soltar tamañas majaderías: ¡No hubiésemos salido de casa en una buena temporada, de pura vergüenza!

Esa cultura, más la Fe Católica fundada en la Revelación de Dios, que ni puede engañarse ni engañarnos, nos protegía no solo del ambiente contrario -que siempre lo ha habido-, sino muy especialmente de nosotros mismos: de las memeces a las que somos capaces de llegar y, a día de hoy, memeces a las que somos cada vez más proclives: por desasistidos, por dejados a nuestro antojo, que siempre es de muy poca calidad intelectual y moral, y/o por inoculados de la falsedad de las ideologías, que envenenan el alma y sus potencias.

Y esto solo tiene el remedio, para el que esté metido ahí, y caso de que quiera salir, de volver a las fuentes, de las que no debemos salir, ni de excursión: de la VERDAD, “la diga Agamenón o su porquero". ¡Cuánto más si nos la ha dicho Dios mismo, que es nuestro Padre, resellada con la sangre de su Hijo, y entregada a todos nosotros, en su Iglesia, por el Espíritu Santo!

Amén.

4.01.19

No hay como ser "experto". O que te lo llamen.

Viene a cuento de una declaración de unos famosísimos, cultísimos y preparadísimos “expertos” -de la ONU, para más señas- que han largado lo siguiente: “Derecho a la vida” significa “derecho al aborto". Vamos, que o eres “experto", pero que “muy experto", o nadie en su sano juicio diria tal cosa. Pero claro, siendo “experto", pero que “muy” experto y, además, de la ONU -o sea: ricamente paniaguado-, uno es capaz de todo hasta de ser stultus de libro; ¡qué de libro: de Enciclopedia!, que les va mejor a todos estos “sabios". O de Wikipedia, para estar más al día.

Porque, ¿quién no entiende que “derecho a la vida” significa “derecho al aborto"? Pero, ¡si está clarísimo! ¡Si es evidente total!

Y lo explico (i)lógicamente. Una señora embarazada y empeñada en tener al niño que ya lleva en su seno, ¿qué hace para amarrar que nazca? ¡Abortar, claro! Y le sale un niño “precioso", vivito y coleando, como no podía ser de otra manera. En boca de “expertos” y de la ONU. Perdón por lo macabro de la ironía, pero es que… “¡Están locos estos romanos!": pero locos de remate, y sin marcha atrás.

¡Para que aún haya gentes, buenas gentes -aparte los Gates-, dispuestos a subvencionar a los chiringuitos de feria de tercera regional montados por la ONU, la UNESCO y demás sacadineros al uso, en beneficio de estos “expertos” borricos.

Hay que reconocer que son unos expertos, ahora sí, en “manejar” el lenguaje; es decir, en retorcerlo para que parezca significar lo contrario de lo que dicen realmente y, de este modo, meterla bien doblada. Lo que sobran son ejemplos.

Uno más: “salud reproductiva de la mujer” significa para todos estos -y lo implantan con las leyes y el dinero correspondientes-: DERECHO AL ABORTO. O sea: nos “meten” que el embarazo es una “enfermedad” de la mujer a la que hay que curar a como dé lugar; y, para mayor infamia, “abortar” es “reproducirse". ¡Y vaya si cuela! Solo el año pasado: 45 millones de abortos -contabilizados; en España casi 100.000- en todo el mundo. A los que habrá que sumar los que no han entrado en las cuentas.

Y otro más, también de moda y, por tanto, de plena actualidad: “muerte digna", o sea, EUTANASIA, significa “barra libre para cargarse a quien te dé la gana": con que sea “legal", libras. Es decir: hacerle a una persona lo que se le hace a un perro cuando ya no lo quieres, o te estorba, o está viejito: “muerte digna". Pues eso: como a perros.

El problema, muy grave -¡gravísimo!-, es que en la Iglesia Católica -y desde hace tiempo: en estos últimos años-, está empezando a pasar lo mismo.

Pero lo dejo para más adelante.