2.06.20

La pelea por la herencia y los topos

En el último artículo del blog apareció un lector, Luis Z., que hizo una pregunta interesantísima y merecedora de una reflexión aparte.

“Sobre justicia en la Tierra. Aquel pasaje donde un hombre pide a Jesús que reprenda a su hermano por quedarse con la herencia y no repartirla, y Jesús le dice que no es juez para estar repartiendo herencias.

No sé si es lo que se esperaría de Jesús. Yo mismo hubiera acudido a Jesús para que, con su autoridad moral, imparta justicia en la repartición de la herencia. Ya sé que su reino no es de este mundo. Ese pasaje me produjo tristeza. ¿No debemos pedir a Jesús un poco de justicia aquí en la Tierra? Quizá es lo que esperaríamos de un caballero. Sé que la justicia vendrá después, y será muy dulce”.

En el pasaje al que se refiere Luis Z. es muy conocido: Uno de la multitud le dijo: «Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia». Jesús le respondió: «Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?». Es cierto que, al leer esto, podemos extrañarnos y nos surgen preguntas: ¿no está siendo Jesús muy brusco con ese joven? ¿Y si tenía razón en que su hermano le estaba estafando? ¡Pues claro que Jesús es juez y árbitro! ¿Por qué no le hace caso?

Es interesante reflexionar sobre esto, porque es algo que nos sucede con cierta frecuencia: leemos un pasaje de la vida de Cristo narrada por los Evangelios y pensamos que no termina de convencernos, que debería haber hecho otra cosa o que lo que hizo no parece muy propio del Hijo de Dios. Cuando nos pasa algo así, siempre, siempre, siempre se debe a que no hemos comprendido nada de nada. No es que hayamos errado un poco el camino; es que pensamos que estamos cerca de Sevilla cuando asoma en el horizonte Vladivostok. 

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1.06.20

24.05.20

Nostalgia del cielo 2

La foto de estos aldeanos arrodillados mientras un sacerdote pasa para llevar el Santísimo a un enfermo se tomó en Checoslovaquia, a finales de los años sesenta. El fin de una era. Muy poquitos años después, el mundo nunca volvería a ser el mismo y, en otros lugares, cuando se hizo la foto las cosas ya habían cambiado.

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21.05.20

Necrológica de un tremendo fracaso

En el comunicado de prensa que han publicado los jesuitas españoles por el fallecimiento del antiguo General de la Orden, el P. Adolfo Nicolás, tras unas palabras amables de su sucesor el P. Sosa, se describe su generalato de esta forma:

“A su generalato aportó su conocimiento y sensibilidad de las culturas orientales, la espiritualidad en diálogo con otras religiones y reafirmó el compromiso prioritario por la promoción de la justicia y la reconciliación.

A lo largo de estos años lideró un trabajo de intensa reestructuración de la provincias jesuíticas europeas y americanas y, sobretodo (sic), insistió repetidamente en la necesidad de combatir la superficialidad, trabajando desde la profundidad y la creatividad. A lo largo de su gobierno animó a los jesuitas a redescubrir la dimensión universal de la Compañía de Jesús y a impulsar la colaboración con otros, creyentes o no. Algunos de los acentos de su generalato fueron el trabajo en favor de los más desfavorecidos, la ecología, la reconciliación y el trabajo por la paz como principio irrenunciable; o la educación de los jóvenes”.

Creo que estos párrafos de resumen de su período en el cargo solo pueden resumirse a su vez así: un tremendo fracaso. Por supuesto, quienes los escribieron pensaron que estaban relatando grandes logros, pero ese autoengaño es una muestra más del monumental fracaso al que se estaban refiriendo. No debemos juzgar al P. Nicolás como persona, porque se encuentra ya ante un Juez inmensamente más justo y misericordioso que nosotros, pero se puede y se debe decir que, como general de los jesuitas, su labor fue un completo desastre y estos dos parrafitos lo atestiguan.

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18.05.20

Epigramas para un mundo que se muere

Pocas cosas hay más evidentes que el hecho de que nuestro mundo se está muriendo. Y con “mundo”, con perdón de la Laudato Si, no me refiero al planeta Tierra, sino a nuestra civilización occidental y cristiana. Cada noticia que escuchamos lo confirma y no hay estadística que no clave un clavo más en el ataúd. Si quedara alguna duda, bastaría que un político cualquiera abriese la boca para corroborarlo y no haría falta más que toparse con una horrible iglesia moderna y preguntarse si en realidad se trata de una fábrica de piensos para que no pudieran quedar dudas: la decadencia de la civilización occidental se está acelerando y, salvo milagro, el final no puede estar muy lejos.

Hay pocas cosas más evidentes, como decía, pero millones y millones siguen sin enterarse, confiando irracionalmente en que mañana será igual que hoy y nunca cambiará nada más que el modelo de su iPhone. Los políticos gastan y gastan como si no hubiera mañana, quizá porque sospechan que no lo habrá. Una y otra vez oímos hablar a los obispos de primaveras eclesiales, las maravillas del diálogo o la importancia de la ecología, mientras sus iglesias están casi tan vacías como sus seminarios y sus fieles se parecen a un pagano como una castaña a otra castaña. Es como si estuvieran aletargados.

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