1.06.20

LXXXIII. El misterio de la generación en Dios

958. Según el arrianismo el Logos, o Verbo de Dios, no tenía naturaleza divina, ni era eterno. Había sido creado con una participación en la divinidad, pero superior a la de los ángeles. Se encarnó como alma de un cuerpo, para constituir a Cristo, que no es así ni verdadero Dios ni verdadero hombre. ¿Cuál es la crítica del Aquinate?

–La refutación del arrianismo la comienza Santo Tomás desde los textos de la Sagrada Escritura, que utilizaban para confirmar su posición. Precisa que si en ella se «llama hijo de Dios a Cristo e hijos de Dios a los ángeles, lo hace por distinta razón. Por lo cual dice el Apóstol: «¿A quién de los ángeles dijo jamás: ‘Tú eres mi Hijo, yo hoy te he engendrado’? (Heb 1, 5). Cosa que afirma fue dicha a Cristo». Si la interpretación arriana fuese acertada: «por la misma razón se dirían hijos los ángeles y Cristo ya que a ambos competiría el título de filiación conforme a la sublimidad de naturaleza en que fueron creados por Dios».

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15.05.20

LXXXII. El misterio de laTrinidad y el misterio de Jesús

946. –¿Por qué el Aquinate, en el siguiente capítulo, continua con la reflexión sobre el Hijo de Dios?

–En los primeros capítulos de su exposición del misterio de la Santísima Trinidad, Santo Tomás lo hace desde el misterio de Jesucristo, porque considera que están directamente conexionados. Como ha subrayado Francisco Canals: «El problema esencial de nuestra fe es quién nuestro Salvador. La fe cristiana consiste en profesar que Jesús es el Ungido, el Cristo, el Salvador, porque es el Hijo de Dios, la Palabra eterna del Padre enviada al mundo para salvarnos. La predicación de Cristo Salvador es, por tanto, la predicación de que Jesús es el Hijo de Dios»[1].

Se quiere decir con ello que: «Jesús, nuestro Salvador, es el Hijo de Dios, esto es, que Dios mismo ha venido a salvarnos. El Padre ha enviado a su Hijo para salvarnos, y para restaurar en nosotros la vida divina a la que había sido destinada la humanidad», y que quedó truncada por el pecado de nuestros primeros padres.

De manera que, por una parte: «reconocer que Jesús es Dios es reconocer que la salvación que nos trae Jesús es la restauración de la imagen y semejanza de Dios en nosotros, es la divinización del hombre». Por otra que: «Es preciso reconocer que sólo de Dios puede venir nuestra divinización, pues el hombre no puede autodivinizarse y el hombre en pecado no tiene fuerzas para autorredimirse, y si somos verdaderamente hijos de Dios por la gracia de adopción, es porque Dios ha enviado a su Hijo para que tengamos vida»[2].

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4.05.20

LXXXI. La revelación del misterio trinitario

934. –¿Por qué el Aquinate trata, en la parte teológica de la «Suma contra los gentiles, en primer lugar, el misterio trinitario?

–Tal como ha indicado al final del capítulo anterior, Santo Tomás comienza con el estudio de Dios, pero según lo que es objeto de fe, por trascender la razón humana, y que nos ha sido revelado. La Iglesia ha enseñado siempre que en Dios, en una sola esencia o naturaleza, hay trinidad de personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. En el más antiguo y breve «símbolo de la fe» o «credo», recopilación de las principales verdades de la fe, se profesa: «(Creo) en el Padre omnipotente, –y en Jesucristo, Salvador nuestro,– y en el Espíritu Santo Paráclito, en la Santa Iglesia, y en el perdón de los pecados»[1].

La enseñanza de la Santísima Trinidad se fundamenta en la revelación expresa, clara y plena, de Dios por medio de Cristo. No se basa en la razón humana, porque es un misterio estrictamente sobrenatural. Sin la divina revelación, la razón del hombre no lo hubiera descubierto por sí mismo.

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15.04.20

LXXX. Triple conocimiento de Dios

921. ––¿El contenido del libro cuarto de la «Suma contra los gentiles» continúa el de la parte anterior?

––En el cuarto libro de la Suma contra los gentiles, se comienza propiamente la segunda parte de la obra, el tratado teológico de Dios, pero de orden sobrenatural. El tema de la gracia, con el que finaliza el libro tercero, desde el capítulo 147 hasta el capítulo 163, posibilita la entrada en la teología sobrenatural, que se trata en este último libro. El tema de la gracia permite el acceso en el orden sobrenatural, porque sin la gracia es imposible la fe y, por tanto, la aceptación de la revelación divina, de la que la teología sobrenatural toma sus principios.

Al igual que en los tres libros anteriores, en este último se comienza con un lema, que es también una cita de la Sagrada Escritura, para expresar desde el principio el tema y el enfoque de lo que se va a tratar. El lema escriturístico, que, en este caso, expresa lo que se ha hecho en la primera parte temática de la obra –que comprende los tres primeros libros–, y lo que se hará en la segunda, es el siguiente: «He aquí que esto que se ha dicho es una parte de sus caminos; y si apenas hemos oído una pequeña gota de lo que de Él se puede decir, ¿quién podrá comprender el trueno de su grandeza?»[1].

Sin embargo, las cuestiones, que se tratan, en esta segunda parte teológica de la obra, son las mismas que en la parte filosófica, pero desde una perspectiva distinta. En la primera parte la vía fue filosófica ascendente, en la segunda, es teológica descendente.

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1.04.20

LXXIX. La salvación y la condenación

905. –En el penúltimo capítulo del tercer libro de la Suma contra gentiles, que se acaba de comentar, el Aquinate ha demostrado, sobre el final de los hombres, que: «unos ayudados por la gracia, se dirigen mediante la operación divina al fin ultimo, y otros, desprovistos de dicho auxilio, se desvían del fin último». También, en otro capítulo del mismo libro (III, c. 64), se ha probado que: «todo lo que Dios hace está dispuesto y ordenado desde la eternidad por su sabiduría». Infiere de ello, tal como indica al principio del último capítulo, que: «dicha distinción de los hombres ha sido ordenada por Dios desde la eternidad». ¿Desde la eternidad, Dios elige a algunos, les da, por ello, la gracia, y pueden así adquirir méritos y salvarse?

–Después de la inferencia de las premisas citadas, explica Santo Tomás que: «en cuanto que Dios designó de antemano a algunos desde la eternidad para dirigirlos al fin último, se dice que los «predestinó». De donde dice el Apóstol: «Y nos predestinó a la adopción de hijos, por Jesucristo, según el propósito de su voluntad»[1].

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